jueves, 4 de febrero de 2010

La última carta de Charlotte Brontë


Para Ellen Nussey


Querida Ellen:
La primavera no acaba de apuntar en los páramos, y el viento del invierno gime todavía sin cesar. Por las noches es un largo suspiro que se alarga y que sólo descansa para recomenzar enseguida con más fuerza, como el lloro de un niño desesperado por la ausencia de su madre. Pero también puede sonar como una larga risa, que unas veces parece alegre y otras cargada de tristeza. Después de la muerte de mis hermanas, mientras yo pensaba en ellas, el viento era su voz diciendo mi nombre. En ocasiones lo oía tan claramente que me incorporaba en el lecho, desazonada. Pero con los días volvía a sentir que era solamente el viento en los páramos, el viento como risa, como lamento. Cuando murió el pobre Branwell, el viento simuló sus llamadas mucho más tiempo, como si, por ser él el más desdichado de todos, mi memoria se empeñase en mantener su voz implorante y perdida entre esas rachas sonoras.

Yo me siento muy mal, querida Ellen, pero no es éste el momento de hablarte de unos sufrimientos que nada consigue aliviar, aunque mi querido esposo Arthur me cuida con toda ternura y paciencia. Escribir me ayuda a olvidar mi enfermedad, aunque temo que llegue a estar tan agotada que no pueda hacerlo. Ya ni siquiera soy capaz de manejar la pluma, y debo valerme sólo del lapicero, pero no sabes cuánto esfuerzo me cuesta. Aunque el gusto de hacerlo, y de comunicarte mis pensamientos, compensa con creces lo penoso de la tarea. Hoy me he puesto a escribirte nada más despertar, porque he tenido un sueño que me ha hecho sentir intensamente, de una sola vez, recuerdos y evocaciones que antes únicamente venían a mí de manera ocasional y dispersa. Sé que a ti, tan serena y tranquila, no te asalta, como a mí, una imaginación desbocada, furiosa, ni la sensación de estar pletórica de un vigor y de una energía parecida a la de esos vientos embravecidos que recorren el páramo, a la de las olas gigantes que una galerna puede levantar, y hasta a la de la lava ardiente que, según cuentan los viajeros, brota violenta de las entrañas de la tierra. Esa sensación tengo, querida Ellen, debajo de la evidente debilidad de mi cuerpo, tan insignificante y castigado por la enfermedad. Y todavía sigo sorprendida y admirada de que una fragilidad como la mía pueda albergar tal imaginación, cargada, con fuerza y hasta con violencia, de sueños tan esplendorosos y magníficos. Tal vez ese poder de soñar por encima de la miseria de nuestra condición es lo que nos hace de verdad divinos, querida Ellen, y disculpa si digo estas cosas que pueden parecer un poco heréticas, aunque me tranquiliza saber que, de acuerdo con tu vieja promesa, también quemarás esta carta. Acaso la exaltación que ahora mismo estoy sintiendo tenga mucho que ver con la fiebre, aunque no es raro en mí constatar que una vida más pujante y vigorosa, la vida de mi espíritu, está escondida debajo de mi cuerpo mortecino.

Pero me he puesto a escribirte para contarte un sueño que he tenido esta misma noche. Me dispuse a dormir muy pronto, como hago desde que estoy tan enferma, después de bajar al aposento de mi padre para pedir su bendición, según acostumbramos desde la niñez, y durante un rato fantaseé con el gemido de ese viento melancólico que, también desde la infancia, ha sido la música principal de mi vida, la melodía que impregna, incluso cuando no la oigo, toda mi persona, como creo que impregnaba la de mis hermanas, con más vigor que los propios recuerdos de Branwell, Anne y Emily tocando en la salita alguna melodía de nuestro admirado G. F. Haendel. Sentía pasar al viento y me dejaba llevar en su sonido como si yo fuese esa risa, o ese gemido con que la naturaleza parece celebrar o lamentar lo que los humanos no podemos entender. De repente, dejé de oírlo. El viento ya no se movía, Ellen, ni era invierno, y por la ventana de pronto entreabierta se derramaba en mi alcoba un claror lunar y penetraba el aliento suave del tiempo de verano. Me levanté entonces, bajé las escaleras y salí de casa. Ya no sentía cansancio ni languidez. La luna brillaba entre las lápidas de las tumbas, en el cementerio que se extiende frente a la rectoría, como señalando con aquel fulgor el triunfo de la muerte, pero ya no había en mí temor alguno, sino una extrañeza llena de júbilo, una disposición fervorosa a encontrar la fuente de una segura alegría.

No había una sola nube y la luz lunar incitaba a la melancolía, pero también a una benéfica serenidad. Yo eché a andar por el sendero que lleva a las cascadas, entre las colinas que brillaban en la noche. Pronto Haworth y las viviendas humanas desaparecieron a mis espaldas y quedé yo sola en el páramo, iluminado por el reflejo de plata, con el aroma de los brezos y los cantos de los pájaros nocturnos y los sonidos de los insectos. Yo sentía el corazón de la noche inmensa como el lugar más puro de una soledad que sin embargo mostraba, en los reclamos de las aves y de las pequeñas bestias de la hierba, el bullicio de una vida multiplicada e invisible. Pronto comencé a oír el rumor de la cascada, pero en su sonido se mezclaba otro que enseguida identifiqué como el de una flauta. La melodía de la flauta se unía al sonido de la cascada, y ambas formaban un dúo cristalino que resonaba como una llamada. Y cuando me acerqué, Ellen, vi las sombras blancas de todos. Estaban allí quietos, esperándome. En mitad del puente, las pequeñas figuras de María y Elizabeth, en la misma edad en que murieron. A un lado de la cascada, sobre la roca en que tanto le gustaba sentarse a leer, Emily, con un libro en las manos, y a su lado Anne, con un ramillete de brezo. Y sentado más arriba, en la escarpadura, Branwell. Era él quien tocaba, y descubrí que la melodía era la alemanda del octavo concierto de nuestro amado Haendel. Y alrededor, las aguas cayendo entre las piedras brillantes, y los musgos de superficie aterciopelada, y los helechos, y los ojos de una rata de agua brillando súbita entre los juncos.

Me esperaban, Ellen, todos mis queridos hermanos muertos me esperaban, y todos me recibían con una sonrisa, como si no hubiesen desaparecido en el transcurso de los años, las pequeñas hace tanto, tanto tiempo, sino que aquel encuentro perteneciese a una excursión planeada aquella misma tarde, y sólo hubiésemos dejado de vernos unas horas. Nos agrupamos y echamos a andar por el sendero que lleva a los páramos altos, allí donde tanto hemos jugado de niños, hasta llegar a las viejas ruinas que para nosotros eran, también de niños, el castillo del duque de Zamorna, cuando intentamos la Gran Confederación del Pueblo de Cristal, con sus murallas e infinitos torreones, y Verdópolis, y Angria, y las islas lejanas, el País de Gondal y Gaaldine. Nadie sabía cuál había sido el origen de aquellas ruinas, pero para nosotros estaban habitadas por fantasmas poderosos, por espectros que nos traían esas evocaciones de las glorias antiguas, de los lances caballerescos y de las aventuras fabulosas. Por eso, cuando nuestro padre le regaló a Branwell los doce soldaditos de madera, Emily, Anne y yo, escogimos cada una el que más nos gustó y le dimos el nombre que le convertiría en personaje importante en nuestras invenciones.

Y estábamos allí otra vez, recordando nuestros juegos de infancia, y los diminutos libros que habíamos fabricado y escrito sobre las hazañas de aquellos reinos, y las pequeñas, que habían muerto antes de que los inventásemos, nos escuchaban admiradas. Yo narré las crónicas de Gondal, y cómo fue conquistada Angria, y en la noche de verano resonaba mi voz cantando la pasión de los héroes y de las heroínas, los hechos de guerra, los grandes e imposibles amores y las terribles desesperaciones. Ahí, en esas ensoñaciones, vibraba la conciencia de una vida más estimulante que la que de continuo vivíamos en la rectoría, y aún de la que vivían la mayoría de nuestros compatriotas y hasta la mayoría de los demás habitantes del mundo, y comprendíamos que todas aquellas fantasías no sólo nos las habían sugerido nuestras lecturas y los cuentos de la vieja Tabby, que había visto en persona a los duendes antes de que los echasen las fábricas, cuando la gente todavía hilaba a mano, sino los murmullos del viento en los páramos, pues el viento estaba cargado de palabras secretas que contaban todos los hechos maravillosos del mundo, para que nosotras los reconstruyésemos en el país de los pensamientos.

Si la naturaleza es capaz de tanta belleza y de tanto furor, si la naturaleza lleva en sí tanto poder, ¿por qué los humanos nos conformamos con nuestra mediocridad? Yo estaba rodeada por mis hermanos, bajo la luna de verano, en medio de los páramos salvajes y desiertos, y todas mis penas habían desaparecido. Ni siquiera recordaba mis oscuros tiempos de institutriz, esa profesión que es la más triste que puede tener una mujer, ese pasar sin existencia privada, que nadie valora, esa reclusión de extranjera en una casa donde todo es ajeno y lejano, reducida a la exclusiva y tiránica compañía de unos niños que conocen su propio poder y aborrecen naturalmente la labor de la intrusa. Todas mis penas habían desaparecido, y hasta la carta de ese poeta que un día tanto admiré, en que me dijo que la literatura no puede ser el oficio de una mujer, no debe serlo, pues quién entonces realizaría las tareas que permiten que los hombres escriban.

Nosotras, por la virtud y la fuerza de aquellos páramos inhóspitos y salvajes, ungidas por la monotonía lúgubre de la lluvia y el fulgor implacable de la nieve, bendecidas por el beso de hada de aquel viento gimiente, habíamos conquistado Angria, y el país de Gondal, y habíamos empezado a llamar la atención del mundo literario cuando publicamos, con la herencia de la pobre tía Elizabeth, aquel librito que firmábamos con tres nombres supuestos, ambiguamente masculinos, de hermanos. Y luego habíamos escrito y publicado nuestros libros individuales, y esa sólida sociedad que ignora el valor de la naturaleza, el poder real del corazón humano, el sentimiento de libertad que ningún espíritu debe doblegar, el poder insoslayable de la imaginación, esa sólida sociedad que se escandaliza todavía leyendo a Byron y que ya casi ha olvidado a Scott, había quedado desconcertada. Es todo lo que pido en vida y muerte, un alma libre, y valor para aguantar, había escrito Emily en uno de sus últimos poemas, y allí estábamos todos, con el alma libre y sin perder, cada uno de nosotros, el valor que habíamos tenido en el mejor y más intenso momento de nuestras vidas.

Entonces, Ellen, regresamos a casa. La luna hacía brillar los lomos de las colinas y el paisaje iba moviéndose a nuestro paso. Dejaba asomar las nuevas ondulaciones, o se quebraba en las vaguadas, donde se podía oír el sonido de los arroyos y el croar de las ranas. Al fin contemplamos, a lo lejos, la silueta de nuestro hogar, la vieja casa rectoral, y hasta el brillo de las lápidas, y más lejos, en una cota más baja, la torre almenada de la iglesia parroquial. Y en aquellos momentos, sobre los suaves sonidos de la noche llegó hasta nosotros, todavía muy leve, el tañido de las campanas. ¡Era también tan transparente, en mitad de la noche, debajo del intenso fulgor lunar, esa voz de cristal y de lágrima! Y enseguida supimos lo que significaba el toque lento, lento, repetido monótonamente. Todos lo supimos, y mis hermanas y mi hermano me miraban porque aquella vez la campana no doblaba por ellos sino sólo por mí, Ellen, la campana doblaba por mí, y yo estaba muerta en esta misma cama, en la casa familiar, pero estaba también allí, en el páramo, sintiendo que formaba parte para siempre de su salvaje vigor y hasta de ese resplandor de la luna que alumbra el mundo desde su nacimiento y que lo seguirá alumbrando después de que todos nosotros nos hayamos ido.

Y a pesar de lo lúgubre del sueño, me desperté sintiendo una misteriosa alegría, y con la fuerza de esa alegría me he puesto a escribirte. Seguramente es la fiebre también la que me sostiene. Espero que perdones las razones insensatas que puedas encontrar en esta carta, que debes destruir enseguida, como habrás hecho con todas las anteriores.

Escríbeme pronto, querida Ellen. Te quiere tu amiga,


Charlotte



Fuente:


http://arvo.net/narraciones-breves/la-ultima-carta-de-charlotte-b/gmx-niv172-con10424.htm

viernes, 29 de enero de 2010

Cumbres Borrascosas: Pequeño Fragmento...


"-Pues soñé -dijo- que estaba en el cielo, que comprendía y notaba que aquello no era mi casa, que se me partía el corazón de tanto llorar por volver a la tierra, y que, al fin, los ángeles se enfadaron tanto, que me echaron fuera. Fui a caer en medio de la maleza, en lo más alto de Cumbres Borrascosas, y me desperté llorando de alegría. Ahora, con esa explicación, podrás comprender mi secreto. Tanto interés tengo en casarme con Edgar Linton como en ir al cielo, y si mi malvado hermano no hubiera tratado tan mal al pobre Heathcliff, yo no habría pensado en ello nunca. Casarme con Heathcliff sería rebajarnos, pero él nunca llegará a saber cuánto le quiero, y no porque sea guapo, sino porque hay más de mí en él que en mí misma. No sé qué composición tendrán nuestras almas, pero sea de lo que sea, la suya es igual a la mía, y en cambio la de Eduardo es tan diferente como el rayo lo es de la luz de la luna, o la nieve de la llama..."


jueves, 15 de octubre de 2009

Recuerdos rotos




¿Por qué el pasado resplandece de sus cenizas?
¿Por qué no dejarlo enterrado en un abismo inalcanzable?
¿Podría yo soportarlo?
Aunque mi existencia corriera peligro,
me amedrontaría alejarme demasiado de esta corriente de apartados recuerdos.


¿Que sería de mí sino añorara aquellos sublimes momentos?
Me parece insoportable regalarlos al olvido.
¿Sería posible recuperar ni que fuera un atisbo de aquella felicidad?
¿ Seré capaz de recomponer los pedazos de d0s almas rotas por la incertidumbre?


Ojalá pudiera luchar contra la marea de los acontecimientos,
palabras que se pronunciaron movidas por el desasosiego y la sospecha.
Ahora vivo entre olas que suben y bajan si cesar,
que se convirten poco a poco en un remolino interminable.


Sin embargo, aunque la desesperanza me invada, haré caso omiso a la vacilación,
cada vez que sucumba al desconsuelo, me apoyaré sobre unas sólidas tablas y alzaré la vista al frente.
Guardaré para mis adentros, el único trozo que no alcanzarán arrebatarme:
mi anhelo utópico de que un día podré unir por fin mis recuerdos rotos.




Anne Elliot

viernes, 31 de julio de 2009

La Consolación de Franz Liszt

Franz Liszt (Ferenc Liszt, en húngaro [ˈfɛrɛnʦ (fʁanʦ) list]) (Raiding, Hungría, Imperio Austríaco, 22 de octubre de 1811 – Bayreuth, Baviera, 31 de julio de 1886), pianista y compositor húngaro romántico.

Liszt es el creador del poema sinfónico, forma típica del romanticismo, y de la moderna técnica de interpretación pianística. Es autor de una importante obra para piano (rapsodias húngaras, estudios, preludios, etc.), de varias obras en estilo concertante para piano y orquesta y también de una extensa producción orquestal.

Lizt se hizó conocido en toda Europa por su gran habilidad como intérprete durante el siglo XIX. Se dice que su técnica como concertista era una de las más avanzadas y podíamos considerarlo uno de los mejores pianistas de todos los tiempos. También destacó como profesor y maestro de otros compositores como por ejemplo: Richard Wagner, Hector Berlioz o Camille Saint-Saëns.

Hoy os traigo una de las obras cumbres de su carrera "Consolación nº3 en Re Bemol Mayor" interpretada por el ucraniano Vladimir Horowitz, uno de los pianistas más ilustres del siglo XX. El concierto se llevo a cabo en Viena en 1987 cuando Horowitz contaba con 84 años. Al oir estas notas es imposible no emocionarse:


miércoles, 13 de mayo de 2009

Claude Debussy y El Claro de Luna


La pieza musical Claro de Luna (Clair de Lune) pertenece al 3º movimiento de "La Suite Bermasque", una de las más fascinantes obras para piano compuesta por Claude Debussy (1862-1918). Ha sido alabada no solo por su riqueza y rasgos impresionistas, pero también por el aire de misterio que rodea su creación.

Se cree que Claude Debussy empezó a componerla en 1890, mientras todavía estaba estudiando música. Sin embargo no se publicó hasta 1905, y eso pese a que su autor intentó que no viese la luz, pues creía que esta obra de juventud estaba muy por debajo del nivel de sus composiciones más modernas.

La Suite Bermasque toma su nombre de las máscaras de la Commedia dell'Arte de Bérgamo, (Comedia del arte de Bérgamo) y está inspirada en las Fêtes galantes (Fiestas galantes) de Verlaine. Está dividida en cuatro piezas: un Preludio, un Minueto, el Claro de luna (la pieza más popular de Debussy) y un dinámico y contrastante Pasapiés.


El Claro de Luna (Clair de Lune o Moonlight) tiene una singularidad misteriosa. Su melodía sublime, la ondulación de las notas, la armonía de colores, la intrigante dinámica de las frases son, quizás, la interpretación de Debussy de la luz de la luna filtrada a través de las hojas de un árbol.




Bibliografía:

http://en.wikipedia.org/wiki/Suite_bergamasque

http://es.wikipedia.org/wiki/Suite_bergamasque

martes, 28 de abril de 2009

Edgar Allan Poe "Ojalá mi joven vida fuera un sueño duradero"


Edgar Allan Poe (Boston, 19 de enero de 1809 - Baltimore, 7 de octubre de 1849) fue un escritor, poeta, crítico y periodista romántico estadounidense, generalmente reconocido como uno de los maestros universales del relato corto, del cual fue uno de los primeros practicantes en su país. Fue renovador de la novela gótica, recordado especialmente por sus cuentos de terror. Considerado el inventor del relato detectivesco, contribuyó asimismo con varias obras al género emergente de la ciencia-ficción.

Probablemente, de no haber tenido que trabajar de periodista, Poe se habría dedicado en exclusiva a la poesía. «Razones al margen de mi voluntad me han impedido en todo momento esforzarme seriamente por algo que, en circunstancias más felices, hubiera sido mi terreno predilecto», manifestó en el prólogo a El cuervo y otros poemas. Este será su género más controvertido y el que le granjeará las peores críticas.Las épocas de creación poética más intensas se dieron al principio y al final de su carrera.Entre la producción poética de Poe destacan una docena de poemas por su impecable construcción literaria y por sus ritmos y temas obsesivos. La melancolía, la nostalgia y los angurios de la muerte son temas frecuentes en sus escritos.Dentro de su trayectoria cabe destacar "Leonore" en 1831,"El cuervo" en 1845,"Annabel Lee" en 1849 y "Las campanas" en 1849.


A continuación les presento un poema no tan conocido de Poe, "Ojalá mi joven vida fuera un sueño duradero"

¡Ojalá mi joven vida fuera un sueño duradero!
Y mi espíritu durmiera hasta que el rayo certero
De una eternidad anunciara el nuevo día.
¡Sí! Aunque el largo sueño fuera de agonía
Siempre sería mejor que estar despierto
Para quien tuvo, desde el nacimiento
En el dulce tierra, el corazón
Prisionero del caos de la pasión.

Mas si ese sueño persistiera eternamente
Como los sueños infantiles en mi mente
Solían persistir, si eso ocurriera,
Sería ridículo esperar una quimera.
Porque he soñado que el sol resplandecía
En el cielo estival, lleno de luz bravía
Y de belleza, y mi corazón he paseado
Por climas remotos e inventados,
Junto a seres imaginarios, sólo previstos
Por mí... ¿qué más podría haber visto?.

Pero una vez, una única vez, y ya no olvidaré
Aquel bárbaro momento, un poder o no se qué
Hechizo me ciñó, o fue que el viento helado
Sopló de noche y al marchar dejó grabado
En mi espíritu su rastro, o fue la Luna
Que brilló en mis sueños con especial fortuna
Y frialdad, o las estrellas... en cualquier caso
El sueño fue como ese viento: démosle paso.

Yo he sido feliz, pues, aunque el sistema
Fuera un sueño. Fui feliz, y adoro el tema:
¡Sueños!. Tanto por su intenso colorido
Que oponen a lo real, y porque al ojo delirante
Ofrecen cosas más bellas y abundantes
Del paraíso y del amor, ¡y todas nuestras!
Que la esperanza joven en sus mejores muestras.



Bibliografía:

http://elmistico.com.ar/poetas/poe.htm

http://es.wikipedia.org/wiki/Allan_Poe

domingo, 5 de abril de 2009

Carta de Charlotte Brontë a Constantine Héger




18 de noviembre de 1845

Señor:

Los seis meses de silencio han seguido su curso. Hoy es 18 de noviembre; mi última carta estaba fechada (creo) el 18 de mayo. Por eso puedo escribirle sin faltar a mi promesa.

El verano y el otoño se han hecho muy largos; a decir verdad, han sido necesarios dolorosos esfuerzos por mi parte para mantener hasta ahora la abnegación que me impuse a mí misma. Usted, señor, no puede concebir lo que significa; pero imagínese por un instante que uno de sus hijos fuera separado de usted, a 160 leguas, y que usted tuviera que estar seis meses sin escribirle, sin recibir noticias suyas, sin oír hablar de él, sin saber nada de su salud, y entonces entenderá fácilmente toda la severidad de una obligación así. Le digo francamente que he intentado olvidarle durante estos meses, porque el recuerdo de una persona a quien uno no cree que pueda volver a ver de nuevo y a quien, sin embargo, se tiene en gran estima, atormenta demasiado la mente; y cuando uno ha sufrido ese tipo de ansiedad durante un año o dos, está dispuesto a hacer cualquier cosa para reencontrar la paz. Yo lo he intentado todo; he buscado ocupaciones; me he negado a mí misma por completo el placer de hablar de usted, ni siquiera a Emily; pero no he sido capaz de superar ni mis pesares ni mi impaciencia. Lo cual, de hecho, es humillante: ser incapaz de controlar los propios pensamientos, ser esclava de un pesar, de un recuerdo, la esclava de una idea fija y dominante que gobierna despóticamente la mente. ¿Por qué no puedo recibir tanta amistad de usted, como usted de mí, mi más ni menos? Entonces estaría tranquila, tan libre que podría mantenerme en silencio durante diez años sin esfuerzo.

Mi padre está bien, pero ha perdido la vista casi por completo. No puede leer ni escribir. Pero los médicos han recomendado esperar unos pocos meses antes de intentar una operación. El invierno será una larga noche para él. Se queja muy raramente; admiro su paciencia. Si la Providencia me destinara la misma calamidad, ¡quiera Él concederme tanta paciencia para sobrellevarla! Me parece, señor, que no hay nada más mortificante en las grandes desgracias físicas que verse obligado a hacer que todos los que nos rodean las compartan. Uno puede ocultar los males del alma, pero los que afectan al cuerpo y destruyen nuestras capacidades no pueden ser encubiertos. Mi padre me permite ahora leerle y que escriba por él; me demuestra, también, más confianza de la que había tenido antes, lo cual es un gran consuelo.

(…) Su última carta fue un apoyo y un sostén para mí, alimento para medio año. Ahora necesito otra y usted me la dará; no porque me deba amistad -no me puede tener mucha-, sino porque usted tiene un alma compasiva y no condenaría a nadie a un sufrimiento prolongado para liberarse de unos pocos momentos incómodos. Prohibirme que le escriba, negarse a responderme, sería arrancarme de mí mi única alegría en la tierra, privarme de mi último privilegio -un privilegio al que nunca consentiré en renunciar voluntariamente-. Créame, maestro, escribiéndome hace una buena acción. En tanto que creo que usted está complacido conmigo, en tanto que tengo esperanzas de recibir noticias suyas, puedo descansar y no sentirme muy desdichada. Pero cuando un silencio prolongado y tenebroso parece amenazarme con el alejamiento de mi maestro, cuando día tras día espero una carta, y cuando día tras día solo llega la desilusión para sumirme en una tristeza abrumadora, y la dulce alegría de ver su escritura y leer su consejo huye de mí como una visión vana, entonces me reclama la fiebre, pierdo el apetito y el sueño y languidezco.

Volveré a escribirle el próximo mayo: sería mejor esperar un año, pero es imposible: demasiado tiempo.

(…) Me gustaría poder escribirle cartas más alegres, porque cuando releo esta la encuentro triste de alguna manera -pero, perdóneme, mi querido maestro-; no se irrite por mi tristeza…

(…) Adiós, mi querido Maestro, que Dios le proteja con sumo cuidado y le corone con bendiciones especiales.


Charlotte Brontë (1816-1855) fue una escritora britanica, la mayor de las hermanas Brontë, cuyas novelas se convirtieron en obras cumbres de la literatura inglesa.

En 1842 Charlotte y Emily Brontë quisieron abrir una escuela privada y, para mejorar su francés, ingresaron en un internado privado de Bruselas regentado por Constantine Héger y su esposa, pero al morir su tía se vieron obligadas a volver a Inglaterra. Charlotte regresó nuevamente a Bruselas en enero de 1843 para trabajar de profesora en el internado. Su segunda estancia no fue nada agradable, ella se vió invadida por la soledad, la nostalgia y la melancolía. Allí se enamoró profundamente de Constantine Héger.
Héger solamente estaba interesado por sus escritos y sus inquietudes intelectuales.Él estaba casado y no albergaba ninguna otra intención que no fuera lo extrictamente académico. Ese amor no correspondido la atormentaría durante mucho tiempo.


Un año después volvió a tierras inglesas, esa amarga experiencia serviría de inspiración para componer Villete (1853) y El Professor (1857).



Bibliografía:


http://cartasfamosas.blogspot.com/2009/01/cartas-de-charlotte-bront-constantine.html

http://en.wikipedia.org/wiki/Villette_(novel)